DIARIO ÍNTIMO DE UN FANTASMA
INFORMANDO DESDE TRAFALGAR SQUARE
Capítulo II
Donde se relata el monólogo interior y las conclusiones del abajo firmante, al comparar el sentido de la convivencia y la flema inglesa, con la intransigencia y la mala leche española.
Recordarán vuesas mercedes que en capítulo anterior quedé en compañía del conde de Essex, libando ginebra en el interior de las mazmorras de la Torre de Londres tras encontrarme con su decapitado cuerpo rondando por los tétricos pasadizos subterráneos. Mas mi sorpresa fue en aumento cuando el encadenado fantasma sentóse a mi lado e invitóme a un trago, exclamando:
-Aguardad a que me coloque la cabeza en su sitio y después tomemos un trago, Don Luis, que hoy libro.
Soltando un sonoro eructo depositó la cabeza en el suelo y tras desprenderse de sus oxidadas cadenas, hizo lo propio con su casaca, jubón y calzones apareciendo ante mí la figura de un aborigen australiano con su correspondiente cabeza sobre los hombros, como Dios manda. Sin embargo sus rasgos aborígenes no eran totalmente puros, puesto que denotaban cierta mezcla europea. Ante mi sorpresa, el que yo creí conde de Essex se dirigió a mí con la exquisita corrección británica, que es habitual en todo inglés bien nacido en cuanto a iniciales presentaciones se refiere.
-Permitid que me presente, ilustre caballero. Me llamo John MacDonald, de los McDonald escoceses, está claro. Nada que ver con la rama yanqui. No confundirse con los devoradores de hamburguesas.
Sin duda al comprobar mi estupor, el aborigen creyó oportuno ampliar datos respecto a los motivos de su estancia en tan sombrío recinto y en cuanto a su apellido. Díjome que sus padres procedían de la Commonwealth de Australia, aunque a él le había cabido el honor de haber nacido en Londres, concretamente en Piccadilly Circus, por lo que podía considerarse un londinense de pura cepa y lo cierto era que su impecable acento así lo certificaba.
Habíase educado el mozo en colegios municipales totalmente gratuitos, sin que ello – puntualizó – fuere menoscabo en cuanto a la excelente calidad de la enseñanza recibida. Consecuencia de tal aplicación escolar fue la titulación que poseía, puesto que John McDonald, hijo de padre escocés y de madre aborigen australiana, había estudiado Arte Dramático e igualmente habíase licenciado en Historia de Inglaterra, con lo que merced a sus estudios pasó a formar parte de la nómina del patronato turístico londinense.
Debido a su fisonomía aborigen, le fue vedado representar el Ricardo III de Shakespeare, e incluso trabajar presentándose ataviado de "beefeater", simple guardia de la Torre. “Que para eso de los efectos ópticos y personales de cara a la galería – me comentó el descendiente de aborígenes – los ingleses son muy suyos y raciales y no pasan ni una”.
Tuvo pues que conformarse con representar en los sótanos de la Torre de Londres al decapitado fantasma del conde de Essex, cargado de cadenas, con una cabeza de cartón-piedra bajo el brazo y aullando lastimosamente de vez en cuando para dar un toque exótico a las visitas auspiciadas y guiadas por monitores del patronato turístico para el cual trabajaba.
-Lo que no entiendo – inquirí – es cómo demonios habéis detectado mi presencia puesto que yo sí soy un fantasma auténtico y por lo tanto se supone que a todos los efectos soy invisible.
-Dispensad que os corrija, caballero – puntualizó – más tened en cuenta que desciendo de brujos escoceses y aborígenes australianos, ambas ramas muy dadas a contactar y aliarse con fuerzas naturales y sobrenaturales. Vuestra fantasmal presencia no es la única que percibo puesto que entre estas paredes moran atormentados espíritus y almas en pena procedentes de pasadas épocas,….Mucha ha sido la sangre vertida en esta Torre.,,,,Todas las Coronas y testas coronadas están manchadas de sangre,..Que Dios perdone a todos los monarcas y a todas las monarquías.
-Y que de igual forma perdone a todas las víctimas de la monarquía – añadí – A todos los vasallos inmolados, cuyos cadáveres fueron los cimientos donde se sustentaron tanto reyes como monarquías, ¿no os parece?
-Todo vasallo tiene el rey que se merece, Don Luis.
-Jamás debieron existir vasallos, John.
-Jamás tuvieron que existir reyes,…Ni dioses,…Ni razas,…..
Dicho lo cual, John enmudeció. Tras saludarme cortésmente adornándose con un profundo revoloteo de su emplumado chapeo, John McDonald alejóse cabizbajo con dirección a la zona de los vestuarios habilitados para el personal de servicio en la Torre.
-No os olvidéis de visitar Trafalgar Square, caballero – díjome sin volver la vista atrás – Es el corazón de Londres y allí podréis comprobar el estado de salud de la City. Aunque de antemano ya os advierto que en lo tocante a convivencia pacífica, a los londinenses no nos gana nadie.
Intrigado por el tono tajante y victorioso del último párrafo, abandoné el recinto de la Torre y en un suspiro plantéme en Trafalgar Square apoyando mi trasero en la columna que soporta la estatua de Nelson, verdugo de la flota franco-española frente al cabo Trafalgar. Allí el tal Nelson nos jodió pa vino enviando nuestros barcos y nuestro orgullo patrio a tomar por saco al fondo del Atlántico.
Y me voy a callar, que se me calienta la sangre y luego me da por desbarrar contra los gabachos y los hijos de la Gran Bretaña, poniendo a los susodichos a caer de un burro por razones puramente históricas y por pasadas acciones, que a la postre son tan inútiles y equivalentes al agua pasada que no mueve molino.
Apostado como estaba en un punto ciudadano con alta afluencia de público, observé el ir y venir de la gente y no dejé de sorprenderme al ver la profusión de razas que desfilaban ante mis ojos.
En esas estaba cuando me fijé en un pedazo de motorista perteneciente a la Guardia de Tráfico Urbano, agente uniformado que acababa de dar el alto a un Jaguar tripulado por un rubio hijo de la Gran Bretaña con pintas de haber estudiado en Oxford.
La cosa no tendría la menor importancia de no ser por la circunstancia que el pedazo de agente motorizado – mediría un metro noventa y pesaría unas cuantas arrobas, el angelito – era de raza india y con pintas de haber nacido en Bombay y pertenecer a la tribu guerrera de los adoradores de Shiva. Desde mi lugar de observación no podía oír su conversación pero por la expresión de su cara y por su gesticulación, el descendiente o súbdito motorizado de la Commonwealth, mientras le extendía al rubiales la oportuna papela de multa, le estaba metiendo un chorreo verbal, de tres pares de cojones.
El conductor del Jaguar, con cara de circunstancias, contrito y apesadumbrado asentía en plan “mea culpa” a todo el chorreo del indio. Poco le faltó para bajarse del coche, implorar de rodillas la absolución de su falta y besar la enguantada mano del más que probable adorador de Shiva.
Se me dibujó una sonrisa en el rostro al trasladar mentalmente la misma acción a Madrid. Tanta demagogia escrita y hablada en España sobre integración racial y demás chorradas para quitar hierro al asunto de la inmigración, y resulta que tanto inmigrantes como nativos estamos en pañales en asuntos de integración y convivencia.
Porque una señal de perfecta integración sería exactamente esto: que un guardia indio, negro, watusi, o gitano le ponga a uno una multa, y que el conductor baje las orejas sin rechistar, no por la sanción en sí, sino por el elemento humano que la prescribe.
Visiono la escena en Madrid y me tiemblan los flancos del descojone. Me imagino a ese pedazo de guardia municipal procedente de la antigua Guinea Española, negro como los cojones de un grillo, que se acerca al repartidor de cervezas y le dice con muy buenas formas y guineano acento: “ahí no puede aparcar, caballero, o no se mee en la acera que le meto un puro por guarro”,
Y esa reacción del repartidor, todo fuego y temperamento latino: ¿ A mí me va a decir un negro zumbón de mierda dónde puedo aparcar o mear?,….¡Venga hombre, vete con tu tribu!,.. ¡A tomar por saco, tío!,…¡¡A descapullar monos a tu pueblo!!.
Ya metidos en harina, situémonos en la Nacional II pongamos por caso. Ese guardia civil de Tráfico que adelanta al Mercedes de Don Emiliano del Botín, lo echa al arcén con imperativo ademán, se aproxima a la ventanilla, se quita el casco y aparece la jeta de un gitano del Sacromonte diciéndole al del Botín: “Ozú, me pare usté el motó. Pue mire usté, señoritu, acaba de superá lo siento ochenta po hora y le voy a meté un paquete de tre pare de cohones”. “Documentasión, po favó . Y vacha usté soplándome aquí”.
Entonces imagínense vuesas mercedes la rebeldía del llamado Emiliano del Botín, viéndose emplumado por un gitano: “¿A mí?,… ¿Un cabrón de gitano me va a pedir los papeles a mí?,… ¿Y que encima sople? ¡¡Anda y que te sople la polla la puta de tu madre, gitano de mierda!!,…
(Proseguiré en breve con el Capítulo III)
José Luis de Valero.
Fantasma Mayor del Reino
Madrid